domingo, 6 de noviembre de 2011

Ausencias y susurrar las diecisiete letras de su nombre.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, [...], noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé que aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.
Jorge Luis Borges, El Aleph


Esto lo escribo sin la claridad de un pensamiento que haya intentado ordenarse. No hay el orden que se obtendría de un previo planteamiento y trazado de la idea; más bien es un manantial que brotó, una idea que vino hoy por la mañana, un voltear hacia el techo y encontrar, pese a la creencia de que en el techo no hay nada, un recuerdo, un arrojo, un deseo de decir esto.

No recuerdo cuando fue la primera vez que leí El Aleph y su inició que me apasionó. No sé si esa fue la primer sensación que me dejó pero ahora, con el paso de los años y varios regresos a él -que también me fascina y enloquece en cada lectura- descubro que el impacto y admiración a tal inicio viene del reflejo que hizo a un hecho de mi vida; mismo que se viene actualizando, afortunadamente no periódicamente, pero que siempre regresa para corroborarme tal atrocidad y violencia del mundo: la pérdida, el abandono, la separación. No fue, en mi caso, su más atroz enfrentamiento que se da a través de la muerte, es más cotidiano, quizá más vanal, quizá hasta pueril... pero cada vez que ha sucedido el hecho me ha dolido.

En un tenor menos dramático, cómo no querer tal inicio con nombre tan hermoso y, no sé por qué me da esta impresión, aristocrático; aunado a un apellido que me recuerda un lugar de Italia, singular por albergar el jardín y las esculturas que un hombre enamorado habría de construir, Bomarzo.

Regreso al tema. Que los cambios, que la vida no se detenga, que haya momentos, que haya pasos, risas, alegrías, tedios, molestias, dolores entre tantas cosas que ya no puedan ser presenciadas por ese alguien, por una Beatriz a veces resulta abrumador. La cantidad de cambios que se proyectarán hasta el infinito turban, y turba el primero y el segundo y por ahí del número trescientos sigue turbando igual... parece no hay regla ni periódo establecido en el que se sepa que tal sensación mengüe. Si bien, decía, no es necesaria la muerte para una separación y distancia, éstas se viven igual a través de sus otras manifestaciones. Ya no habrá ese diálogo, ese chiste, ese estar al tanto del nuevo libro leído o, más burdo si quieren, del buen desayuno por la mañana, del sueter comprado, de la canción encontrada.. no sé, deben ser miles de pequeños gestos no dados a conocer, no se dará por enterada... cómo frase de oficio burocrático. Puede ser una cartelera de fierro que cambió un anuncio, pero demonios, ya aparece el primero de tantos cambios... que mundo tan irrespetuoso, sigue como si nada, -esto lo pensé con más ahínco hace años, ya muchos años que hasta me cuesta trabajo imaginar que tan profundamente lo viví... deber ser por salud y/o autoconservación-.

La confirmación de la nueva distancia y ausencia obtuvo reflejo de un nuevo cuento que llegó a mí hace unas semanas. Increíble y melancólico. Ocurre en la casa de Luka Celovic, calle Kraljevica Marka, número 1. Así versa el subtítulo del mismo, que importa ahora el título, la precisión espacial, la dirección concreta nos anuncia un hecho concreto, vidas concretas... ya más adelante, en el transcurso del cuento, veremos que se trata de un dolor y una nostalgia de iguales características. El cuento es de Milorad Pavic, escritor serbio que, por cierto, quien me dijo debía leerlo decía que era un Borges de aquellas latitudes. Algo así, quizá esa no fue la frase...la vodka nos distraía.

En el cuento descubrimos a un narrador, yo diría que es un él, quien al hacer una exposición sobre el insomnio y las actividades que emprende en los suyos nos dice con brutal melancolía y fuerza -que es en realidad lo que me interesa- lo siguiente:

"Al entrar en ese edificio en mi memoria susurré como un embrujo en cada una de sus habitaciones una de las diecisiete letras del nombre de JM".
Transcribo esta oración sólo por la fascinación ante esta idea, necesario será decir que él es diseñador de interiores y se imagina decorándole esa casa a ella... pero aquí viene lo importante.

"Durante el tiempo en que pude observar a JM a diario notaba los movimientos de sus brazos y sus manos delicadas, su manera de andar y peinsarse, la postura del cuello y de los hermosos hombros y muslos, [...] los giros del cuerpo, [...] Luego compuse un pequeño "diccionario de movimientos" de JM. Para cada uno de ellos establecí un signo. Fue particularmente difícil crear signos para sus irrepetibles pasos de danza. Siempre bailaba sola, ni siquiera conmigo bailaba jamás, pero esa danza era lo más hermosos en ella. [...] Era como un catálogo de movimientos; como un alfabeto secreto. Para provocar dichas actividades inventaba distintos tipos de muebles, porque cada pieza de menaje preveía otro movimiento de JM: abrir una puerta, sacar un cajón, bajar la tabla del escritorio. Así provisto empecé a amueblar la casa de la manera que mejor satisfaría los gustos y la naturaleza de los movimientos de JM, decidido a invocar de ese modo, al menos en la mente, todas mis reservas de sus actividades, vueltas, entradas, subidas por la escalera y salidas..."

Sigue, páginas después, lo siguiente:

"Yo no emprendía todas estas labores reflexivas sobre la decoración interior de esa casa sólo para apagar mi insomnio. Tenía otra razón más importante: anhelaba invocar a JM para que estuviera en mi vida de nuevo. Aunque fuera de esta manera absurda e insensata, establecía en mi recuerdo todo el repertorio de sus movimientos desde que entraba a la casa hasta que se iba a acostar". (el subrayado es mío).

Abro un paréntesis: mientras esto escribía recordé las veces en que decoré mis hogares como si fuera(n) a estar en ellos. También un par de canciones increíbles, una divertida y la otra profundamente sensible y llena de imágenes intensas. La primera dice "sin tí...la casita está loca de atar" (claro, después de su partida). La segunda dice "no hay rincón en esta casa, que no te haga regresar, cada grano de memoria y la casa es un arenal"... me fascina esta última canción, pero esa es otra historia.

Invocar a ..., JM. Recordar sus movimientos, sus frases, sus gestos, su risa, su mirada, su cansancio, su tedio, su alegría, su euforia, su enojo... es una buena estrategia, es quizá un enfrentar a ese universo cambiante, a ese mundo que al segundo inmediato de la despedida ya está cambiando, ya está anunciando lo poco interesado en dolor de alguien, en el propio. Estaba pensando cuál fue ese primer cambio, no... es esta ocación no me tocó ver algún letrero que haya cambiado.

Así se ponen, en parte y en mucho, las ausencias, las despedidas, el no volverse a encontrar ni ver. Las muertes que sin serlo también lo son. El constante ir y venir, el vaivén de la vida.

Creo que estoy satisfecho. No hay nada más que decir. No me disculparé, como suelo hacerlo, por el atrevimiento de haber escrito. Que bueno que llegó usted hasta aquí, vaya afuera, haga su propio catálogo, recuerde a quien deba recordar y dispense -oh pues, no que no me iba a disculpar- este pequeño texto que aún sin mapa y brújula que lo guiara; en muy buena medida sabe porque nació.

Buenas noches.

No hay comentarios:

Publicar un comentario